galo santiago coloma romero

Pequeñas tonterías que hacen que valga la pena estar aquí

No tengo una gran teoría sobre la humanidad, ni una visión profunda del sentido de la vida. Lo que sí tengo es una colección de pequeños detalles cotidianos que me hacen gracia sin que yo quiera, y que, curiosamente, son los mismos que me recuerdan que estar vivo no es tan mala idea. No hablo de momentos épicos ni de revelaciones trascendentales, sino de esas escenas mínimas que se repiten todos los días y que nos delatan como lo que somos: personas intentando funcionar.

Por ejemplo, el gimnasio en enero. Es un ecosistema fascinante. Gente con ropa nueva, botellas relucientes, rutinas descargadas ayer y una fe inquebrantable en su “nuevo yo”. En febrero, el lugar vuelve a la normalidad, como si enero hubiese sido una convención temporal de optimismo. Nadie lo menciona, nadie lo explica, pero todos lo entendemos. Y hay algo reconfortante en esa derrota silenciosa compartida.

También me causa una risa muy específica la escena clásica del mostrador: te preguntan “¿factura o consumidor final?” y alguien responde, con absoluta seguridad: “sí”. No es ignorancia, es un cortocircuito humano. El cerebro oye palabras conocidas, elige la respuesta más universal posible y sigue adelante. No pasa nada grave, pero ese segundo de confusión es puro arte cotidiano.

Otro detalle infalible es cuando alguien dice “suban arriba”. Nadie sube abajo, nunca. Pero lo decimos igual, como si el lenguaje necesitara redundancia para sentirse seguro. Lo mismo pasa con “bajar abajo” o “salir afuera”. Son errores que no molestan, al contrario: hacen que el idioma parezca menos rígido y más humano, como si también estuviera improvisando.

Me hace gracia la gente que entra a una tienda “solo a mirar” y sale con una bolsa. O la que desbloquea el celular, mira la pantalla sin saber por qué, lo bloquea y, cinco segundos después, repite el proceso. No es estupidez, es fatiga existencial en miniatura. Es el cuerpo funcionando mientras la mente está en otra pestaña.

También están los saludos eternos. Personas que ya se despidieron, caminaron tres pasos, recordaron algo, volvieron, se rieron, y se despidieron otra vez. Tres veces. Nadie quiere cortar el momento del todo, como si cada despedida fuera un pequeño ensayo de ausencia. Es torpe, pero extrañamente tierno.

Estos detalles no aparecen en libros de historia ni en discursos importantes, pero son los que realmente llenan el día. Son pruebas constantes de que no somos máquinas eficientes, sino criaturas llenas de fallos simpáticos. Y tal vez por eso conectamos: porque todos entendemos esos errores sin necesidad de explicarlos.

Al final, son estas pequeñas tonterías las que me hacen apreciar estar vivo. No porque todo funcione bien, sino porque no funciona del todo. Reírse de ellas no es burlarse de la gente, es reconocerse en ella. Y en un mundo que a veces se toma demasiado en serio, encontrar gracia en lo simple es, quizás, una forma muy decente de felicidad.