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Entre la conmemoración y la confrontación: la mirada de un ciudadano común sobre el 8 de marzo

Desde la perspectiva de un ciudadano de a pie, el 8 de marzo siempre se entendió como una fecha para recordar la lucha histórica de las mujeres por derechos básicos: trabajo digno, participación política, igualdad ante la ley y respeto en la sociedad. Era un día de memoria y reflexión sobre los sacrificios de generaciones que enfrentaron discriminación real y estructuras injustas. Sin embargo, con el paso de los años, para muchos observadores externos la imagen pública de esta fecha parece haberse transformado, alejándose de ese espíritu original.

En las calles de muchas ciudades, lo que antes se percibía como marchas reivindicativas hoy a veces se convierte en escenas de confrontación. Pintadas en edificios históricos, destrucción de mobiliario urbano o ataques a comercios generan una sensación de contradicción entre el mensaje de igualdad y los métodos utilizados. Desde la mirada del espectador común, estos actos de vandalismo terminan dominando la cobertura mediática y opacando las demandas legítimas que muchas mujeres continúan teniendo.

El problema no es la protesta en sí. La protesta es una herramienta legítima en cualquier sociedad democrática. Lo que provoca incomodidad en parte de la ciudadanía es cuando la manifestación se transforma en agresión contra el espacio público o contra otras personas. Para quien observa desde la acera, resulta difícil reconciliar el mensaje de justicia social con imágenes de destrucción que afectan a la misma comunidad donde viven mujeres, hombres y familias enteras.

Otro aspecto que genera debate en la opinión pública es la narrativa de victimización permanente que algunos sectores radicalizados proyectan. Muchos ciudadanos perciben que, en lugar de enfocarse en igualdad de oportunidades y soluciones compartidas, ciertos discursos parecen centrarse en establecer una confrontación constante entre hombres y mujeres. Esta visión polarizada puede terminar alejando a quienes, en principio, simpatizarían con la causa de la igualdad.

Desde esta mirada cotidiana, también surge la sensación de que algunas demandas han pasado de buscar equidad a exigir privilegios o tratos diferenciados que no necesariamente contribuyen a una convivencia más justa. Cuando el debate se plantea en términos de superioridad moral o exclusión del diálogo con quienes piensan distinto, se pierde la oportunidad de construir consensos amplios que beneficien realmente a toda la sociedad.

Para muchos observadores, esta radicalización termina perjudicando al propio movimiento feminista. Las mujeres que marchan de forma pacífica, que trabajan por cambios concretos en educación, empleo o seguridad, quedan muchas veces eclipsadas por los actos más extremos. En consecuencia, la percepción pública del 8 de marzo se vuelve más conflictiva de lo que probablemente desearían muchas de sus propias participantes.

Esto no significa negar que aún existen desigualdades o problemas reales que afectan a las mujeres. De hecho, reconocer esos desafíos es precisamente lo que dio origen a la conmemoración del 8 de marzo. Pero desde la perspectiva del ciudadano común, la legitimidad de esas luchas se fortalece cuando se presentan con argumentos sólidos, diálogo abierto y respeto por el espacio compartido.

Quizás el reto actual sea recuperar el sentido original de la fecha: una jornada de memoria, reconocimiento y avance colectivo. Si el objetivo es la igualdad, muchos creen que el camino más efectivo es construir puentes en lugar de levantar trincheras. Desde la acera, la esperanza de muchos ciudadanos es que el 8 de marzo vuelva a ser un día que una a la sociedad en torno a la justicia, y no uno que profundice sus divisiones.