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Arte, dignidad y dependencia: una mirada ciudadana a la reforma del COOTAD

Como ecuatoriano de a pie, que camina las calles, que conversa en el mercado y que escucha a los músicos en los parques, veo con atención la reforma al Código Orgánico de Organización Territorial, Autonomía y Descentralización (COOTAD) propuesta por Daniel Noboa. Más allá del debate político, me interesa lo que esto significa para nuestros artistas, para la cultura viva de nuestros barrios y para la relación entre el Estado y quienes hacen del arte su forma de vida. Porque el arte no es un favor del gobierno ni un premio ocasional: es trabajo, es esfuerzo y es dignidad.

Durante años, muchos eventos culturales en municipios y prefecturas han dependido casi exclusivamente de recursos públicos. Festivales gratuitos, conciertos financiados totalmente por el cabildo, ferias donde todo sale del presupuesto estatal. Y aunque eso ha permitido visibilidad, también ha generado una peligrosa dependencia. Cuando el 95% de tus ingresos proviene de contratos con el Estado, hay que decirlo con claridad: más que artista independiente, te conviertes en un empleado público sin nombramiento.

No lo digo con desprecio, sino con preocupación. El artista que depende casi totalmente del “negociado” con la institución de turno termina ajustando su discurso, su agenda y hasta su estilo a lo que conviene políticamente. Se debilita la crítica, se limita la libertad creativa y se crea un círculo cerrado donde siempre trabajan los mismos. Eso no fortalece la cultura; la acomoda.

Si la reforma del COOTAD busca ordenar competencias y transparentar el gasto cultural, entonces también debería abrir el debate sobre el modelo de financiamiento artístico. No todo evento tiene que ser gratuito. Cuando absolutamente todo es gratis, alguien paga la cuenta… y casi siempre es el presupuesto público, es decir, los impuestos de todos. Y lo peor es que muchas veces ese dinero no se distribuye de manera equitativa entre los artistas.

Cobrar una entrada razonable no es elitizar la cultura; es darle valor. Cuando un evento tiene costo, se genera un fondo que puede repartirse mejor entre los participantes, cubrir producción de calidad y permitir que más artistas accedan a espacios. Se rompe el monopolio del contrato político y se abre la puerta a modelos mixtos: auspicios privados, taquilla, gestión independiente y apoyo estatal bien focalizado.

Además, pagar por cultura también educa al público. Así como pagamos por el cine o por un partido de fútbol, deberíamos entender que la música, el teatro y la danza también son trabajo. Nadie le dice a un ingeniero que trabaje gratis “por amor a la profesión”. Entonces, ¿por qué normalizamos que el artista dependa exclusivamente del presupuesto municipal?

Como ciudadano común, creo que el Estado debe apoyar, sí, pero no sustituir el mercado cultural ni convertirse en el único empleador artístico. El apoyo debe fomentar emprendimiento, formación, infraestructura y transparencia. Que haya convocatorias claras, concursos abiertos y rendición de cuentas. Que el artista no tenga que alinearse políticamente para poder comer.

La reforma al COOTAD puede ser una oportunidad para replantear la relación entre cultura y poder. Si queremos artistas libres, críticos y sostenibles, necesitamos menos dependencia y más profesionalización. Porque el verdadero arte nace de la libertad, no del contrato asegurado. Y como ecuatorianos, merecemos una cultura fuerte, diversa y dignamente remunerada.

Y también hay que decirlo sin rodeos: a aquellos artistas que han cambiado el escenario por la tarima política, que hacen más campaña que creación y que viven exclusivamente del presupuesto público mientras se autoproclaman “independientes”, es momento de un llamado de atención. El arte no puede convertirse en refugio de la politiquería ni en excusa para parasitar al Estado. Si el talento es real, puede sostenerse con el respaldo del público, con gestión propia y con trabajo constante. Ecuador necesita creadores valientes y autónomos, no operadores disfrazados de cultura. La dignidad del arte exige coherencia, y quien vive permanentemente del erario sin rendir cuentas ni generar valor cultural, traiciona no solo a los contribuyentes, sino a la esencia misma del oficio artístico.